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Iglesia en España

Ángel Cordovilla: “El rigor del pensar teológico va unido a la santidad de la inteligencia”

Entrevista al teólogo Ángel Cordovilla que nos ha acompañado este año en los Encuentros de formación sacerdotal

El sacerdote y teólogo Ángel Cordovilla, antiguo alumno del Colegio Español y actual Decano de Teología de la Universidad Pontificia Comillas, nos ha guiado este año en los dos Encuentros de formación sacerdotal. De este modo, nos ha acompañado para profundizar en el lema de este curso, “Para hacer creíble la Esperanza”, buscando que nuestro estudio en Roma sea la ocasión para crecer integralmente en todas las dimensiones.

Tras las sesiones del 14 de octubre de 2025, bajo el nombre “La Teología como vocación” y del 23 de febrero de 2026, titulada “Teología, biografía y santidad”, compartimos ahora el diálogo que hemos mantenido con él. En esta entrevista, el profesor Cordovilla profundiza sobre el estudio de la teología y detalla algunas de las ideas sobre las que hemos reflexionado juntos.

1. Sobre la teología como herramienta de interpretación vital.
Usted menciona el caso de la cantante Rosalía, quien buscó en la teología y en la vida de las santas una forma de interpretar una experiencia personal “excesiva” que la desbordaba. ¿Cree que la teología actual corre el riesgo de olvidar su función de dar sentido a las biografías humanas para centrarse solo en sistemas abstractos?

Sí, ese riesgo existe, y precisamente por eso la teología no puede desligarse de la vida. El quehacer teológico solo permanece vivo cuando mantiene un diálogo real con la realidad: con la experiencia personal, con la vida eclesial y con el mundo social en el que el teólogo está inserto. La teología no puede reducirse a una elaboración técnica o abstracta, porque nace siempre en relación con una existencia concreta y vuelve de nuevo sobre ella para iluminarla.

En este sentido, la biografía no es un elemento externo al trabajo teológico, sino uno de sus lugares de verificación. La propia experiencia de vida está muchas veces implícita por debajo de lo que se escribe o se piensa. Por eso, la teología está llamada no solo a formular la verdad, sino también a ayudar a interpretarla en el interior de una vida humana concreta.

2. Sobre el concepto de “teología como biografía”.
Citando a autores como Metz y Rahner, usted defiende la necesidad de unir la doxografía (doctrina) con la biografía (vida). ¿Cómo puede un teólogo profesional evitar caer en una “nueva neoescolástica” que repita fórmulas vacías sin conectar con la experiencia religiosa real de su comunidad?

Creo que esa dicotomía o escisión entre la doxografía y la biografía, entre la doctrina y la vida, solo puede evitarse manteniendo siempre un diálogo real y vivo con la realidad. Y eso vale tanto en el ámbito personal —es decir, en relación con la propia biografía y personalidad del teólogo— como en el ámbito eclesial, en la comunidad y en la comunión en las que todo teólogo está implantado; y también en el ámbito social, que son, en el fondo, los lugares donde el teólogo vive y realiza su teología.

Se trata, además, de una relación bidireccional: por una parte, está el diálogo del teólogo hacia la realidad, pero ha de ser, insisto, un diálogo real y vivo; y, por otra, también hay que considerar cómo esa realidad repercute en el propio quehacer teológico. No es un movimiento en una sola dirección, ni del teólogo hacia la realidad ni de la realidad hacia el teólogo, sino una interacción constante que debe mantenerse siempre en esa bidireccionalidad.

3. Sobre la “teología arrodillada” y el rigor científico.
Usted recupera la idea de Von Balthasar sobre la unidad entre teología y santidad, distinguiendo la “teología arrodillada” de la “teología sedente”. ¿De qué manera el rigor intelectual y la “santidad de la inteligencia” pueden convivir con una teología que sea, al mismo tiempo, un diálogo orante con Dios?

Yo creo que, precisamente, cuando uno contempla el camino, por ejemplo, de John Henry Newman, percibe cómo ese rigor en el pensar fue el que lo llevó a la santidad de la inteligencia. El rigor del pensar, no entendido como una técnica superespecializada, sino como rigor en el pensar teológico, consiste en ajustarse a la verdad, en buscar incansablemente la verdad, en comprometerse de manera insobornable con ella. Y, en ese sentido, ese rigor va unido precisamente a la santidad de la inteligencia.

En el fondo, hay que vivir ambas dimensiones hasta el final, hasta el fondo, hasta su mayor profundidad. El Dios de la revelación es el destinatario y el protagonista de ambas actividades: de la teología y de la oración. Y ambas han de ponerse a la escucha y al servicio de la revelación de Dios en la Palabra, en la historia y en la conciencia.

Cuando uno hace verdadera oración, a la escucha y bajo la obediencia de esa revelación, y cuando uno hace verdadera teología, en realidad ambas coinciden justamente en eso. Por tanto, no se trata de actividades que se debiliten mutuamente —como si a mayor oración hubiera menor teología, o a mayor teología menor oración—, sino de realidades que se necesitan y se potencian mutuamente.

4. Sobre la importancia del asombro y la afectación.
Siguiendo el esquema de Karl Barth, usted señala que la teología debe nacer de la admiración y el asombro. Si un teólogo siente que ha perdido esa capacidad de verse “sorprendido y capturado” por su objeto de estudio, ¿qué pasos debería dar para recuperar la existencia teológica?

Diría que ha de abrirse más decididamente y sin prejuicios a aquello que constituye el objeto de su estudio; ha de profundizar en él y conectarlo, de algún modo, con su propia realidad como persona, es decir, como hombre, como creyente y, obviamente, también con el mundo en el que vive y con su concreta condición —en este caso, por ejemplo, en el contexto del Colegio Español, como sacerdote—.

Creo que ese sería mi consejo para recuperar el asombro ante el objeto que uno estudia o ante la realidad sobre la que investiga.

5. Sobre el papel de la escritura en la conversión.
Al hablar de san Agustín, usted destaca que el acto de escribir sus Confesiones fue lo que realmente permitió al santo integrar los hilos de su vida y poner a Dios en el centro. ¿Considera que el trabajo de redactar una tesis debería ser, para su autor, un ejercicio de conversión intelectual y espiritual más que un simple requisito académico?

Creo que sí. Todo ejercicio de escritura —ya se trate de una tesina de licenciatura, de una tesis doctoral o, especialmente, de un libro— acaba diciendo algo del propio autor, por más técnico que deba ser ese libro o ese trabajo, especialmente cuando hablamos de una tesis doctoral.

No hace falta, en este caso, escribir otras Confesiones, como hizo san Agustín. Pero sí creo que el ejercicio concreto del trabajo intelectual obliga a una ascesis en la disciplina diaria y, en el fondo, a la humildad de reconocer lo poco que uno sabe ante el objeto de estudio. Obliga también al necesario diálogo con quienes antes han investigado, y con otros que en ese mismo momento están trabajando cuestiones semejantes a las propias.

En ese sentido, estas actitudes de ascesis, disciplina, humildad, diálogo y comunión, por así decirlo, son algo que uno aprende precisamente en el ejercicio de elaborar una tesis o de llevar a cabo cualquier otro trabajo de investigación.

6. Pregunta personal. Usted ha afirmado que la biografía del creyente es la “condición de posibilidad del conocimiento teológico” y que la teología no es un sistema de verdades abstractas, sino una “verdad encarnada” en un camino personal. Sin embargo, durante su intervención confesó que tuvo la tentación de contarnos su propia biografía teológica, pero prefirió no hacerlo por no considerarse “tan importante” frente a los grandes maestros. ¿No cree que ese “pudor” o anonimato del teólogo académico es, en realidad, una forma de resistencia a la verdadera “existencia teológica” que usted mismo predica? Siendo atrevidos, ¿podría revelarnos cuál es esa experiencia personal “excesiva” o ese “desencanto” concreto en su vida —al estilo de lo que mencionaba sobre la cantante Rosalía— que le impide ser un simple “científico” de la religión y lo obliga a que su trabajo sea, ante todo, un relato de su propia historia ante el rostro de Dios?

Yo, más que de resistencia, hablaría precisamente de pudor. Un pudor que nace de no querer ser protagonista, pero no de querer ocultar esa experiencia o esa biografía personal, sino de pensar que hay otros autores y otras biografías que, en realidad, son mucho más interesantes.

No obstante, mi experiencia de vida está siempre implícita y subyace a mi tarea teológica. Cuando escribo o cuando hablo, puedo hacer referencia o no a una experiencia concreta y personal; pero, si no lo hago, eso no significa que no esté ahí, por debajo, sosteniendo de algún modo lo que digo y lo que escribo.

Para mí, mi itinerario en el quehacer teológico está iniciado y sostenido, hasta el día de hoy, por el amor a Jesucristo, en la llamada que él me hizo a seguirle en el ministerio apostólico presbiteral. Y luego, ya de una manera más biográfica y personal, muchas veces me siento identificado con la escena de Jacob luchando con Dios, o contra Dios, en el capítulo 32 del libro del Génesis.

Para mí esa fue una experiencia personal muy profunda en unos años que viví en el mundo rural, al norte de la provincia de Burgos. Allí tuve un encuentro hondo con Dios, en lucha con él, en el que caí herido. Y desde esa herida y desde ese encuentro he tenido que discernir, en el fondo, todas las situaciones cotidianas, tanto negativas como positivas, siempre ante ese encuentro último con Dios.

En definitiva, toda la pasión teológica y todo el quehacer teológico vienen, de alguna manera, de ese intento de interpretar, iluminar y llenar de sentido ese encuentro profundo. Y, a la vez, también sucede lo contrario: que es desde ese encuentro profundo desde donde luego se iluminan muchas otras cosas.